El riesgo de un poder que busca debilitar a la prensa

Entre confrontación política y estrategia comunicacional, crece la tensión entre el poder y la prensa, en un escenario donde la deslegitimación se vuelve parte del discurso cotidiano.


La escalada del Gobierno contra el periodismo no puede leerse únicamente como una reacción impulsiva o emocional. Hay algo más profundo, más estructural, que se viene repitiendo en la Argentina desde hace años, con distintos matices pero con una misma lógica de fondo. La confrontación con la prensa no es nueva, pero sí encuentra hoy nuevas formas, más directas, más constantes y, en muchos casos, más agresivas.

Durante los gobiernos kirchneristas, esa tensión se expresó a través del distanciamiento, el control del acceso a la información y una relación cada vez más cerrada con los medios no alineados. El conflicto con el campo en 2008 marcó un punto de inflexión en la polarización, mientras que el debate por la Ley de Medios en 2009 terminó de consolidar un escenario de enfrentamiento abierto. Con el paso del tiempo, la comunicación oficial avanzó hacia la desintermediación, reduciendo al mínimo el contacto con periodistas y priorizando los canales propios.

Ese proceso tuvo consecuencias. La fragmentación del debate público, la construcción de audiencias cada vez más cerradas sobre sí mismas y la pérdida de espacios de discusión entre posiciones diferentes. La irrupción de las redes sociales y el peso de los algoritmos hicieron el resto, empujando a los usuarios hacia contenidos que confirman sus propias ideas y reducen la exposición a miradas distintas.


Con la llegada de Javier Milei al poder, esa tensión no solo continuó, sino que se profundizó. La confrontación dejó de ser un efecto colateral para convertirse en una herramienta central. El discurso oficial no solo cuestiona al periodismo, sino que lo ubica directamente como un actor político adversario. En ese marco, la deslegitimación aparece como un objetivo en sí mismo.

La consigna repetida desde el entorno presidencial, amplificada en redes sociales, no busca únicamente generar impacto. Apunta a erosionar la credibilidad del periodismo profesional, a diluir su peso en medio de una enorme cantidad de información que circula sin filtros. No se trata de silenciar de manera directa, sino de quitar relevancia.

El cierre del acceso a la sala de prensa en la Casa Rosada se inscribe en esa lógica. Más allá del argumento puntual que se utilizó para justificar la medida, la decisión afecta al conjunto de los periodistas acreditados y plantea interrogantes sobre los límites de la relación entre el poder y quienes tienen la tarea de informar. Cuando una acción individual deriva en una restricción general, lo que se pone en juego es la razonabilidad institucional.

A esto se suma un contexto más amplio. Restricciones en el acceso a la información pública, dificultades económicas para medios más pequeños y un entorno digital donde la desinformación circula con facilidad. La irrupción de nuevas tecnologías, incluida la inteligencia artificial, complejiza aún más el escenario y hace más difícil distinguir entre lo verdadero y lo falso.

En ese marco, el periodismo profesional se convierte en un actor incómodo. No por lo que representa en términos políticos, sino por su función. Verificar, preguntar, incomodar. En contextos de alta tensión, esas tareas suelen ser vistas como una amenaza por quienes ejercen el poder.

La presión no siempre se expresa en forma de censura directa. Muchas veces opera de manera más sutil. A través del desgaste, de la deslegitimación constante, de la generación de un clima adverso. No se trata de callar de golpe, sino de ir debilitando las condiciones necesarias para ejercer el oficio.

Las democracias no se deterioran únicamente cuando se cierran medios o se prohíben publicaciones. También lo hacen cuando se instala la idea de que el periodismo es un enemigo y se naturaliza la agresión como forma de comunicación política.

Gobernar implica administrar tensiones, aceptar críticas y convivir con el control público. La relación con la prensa puede ser incómoda, pero es parte del funcionamiento del sistema democrático. No es una concesión ni un gesto de buena voluntad. Es una obligación.

Y en ese equilibrio, cada gesto cuenta. Porque cuando la confrontación se vuelve permanente, lo que se erosiona no es solo la relación con los periodistas. Es la calidad del debate público.