Hace 11 años, la Argentina se despertó con una noticia que conmocionó al país. Chiara Páez, una adolescente de 14 años embarazada, había sido asesinada por su novio. Su nombre se convirtió en el símbolo de una indignación que venía acumulándose y que, pocos días después, desbordó las calles bajo una consigna que marcaría una época: Ni Una Menos.
Hoy, más de una década después de aquella primera movilización, el colectivo Ni Una Menos Tucumán, integrado por más de 40 organizaciones sociales, sindicales, estudiantiles y feministas, vuelve a convocar a una marcha desde las 16 en plaza Independencia. En distintas ciudades del país también habrá actividades y se espera una amplia participación en una fecha que se consolidó como referencia en la lucha contra la violencia de género.
Cuando aquella primera manifestación tomó las calles en 2015, el país todavía carecía de herramientas estadísticas para dimensionar el fenómeno. Un año antes, la Corte Suprema de Justicia había encomendado a la Oficina de la Mujer la elaboración del Primer Registro Nacional de Femicidios de la Justicia Argentina, con el objetivo de visibilizar una problemática muchas veces diluida en expedientes judiciales.
La incorporación del concepto de femicidio permitió identificar un patrón durante años invisibilizado: mujeres asesinadas por sus parejas, ex parejas o personas de su entorno en contextos de violencia. También abrió el camino a nuevas formas de nombrar otras expresiones, como la violencia económica, psicológica, simbólica y digital.
Los datos muestran algunos cambios, pero también continuidades. Según el Registro Nacional de Femicidios, en 2025 se registraron 200 víctimas directas, una cifra menor a la de años anteriores. Sin embargo, persisten características reiteradas: en el 83% de los casos la víctima conocía a su agresor, en el 59% existía una relación de pareja o ex pareja y el 78% de los hechos ocurrió dentro de viviendas.
Casos recientes volvieron a instalar el tema en la agenda pública, como los femicidios de Dulce Candia en Misiones, Agostina Vega en Córdoba y Noelia Romero en Buenos Aires. En cada uno de ellos se repitieron escenas de dolor, pedidos de justicia y cuestionamientos sobre las responsabilidades sociales frente a la violencia.
Especialistas coinciden en que la prevención sigue siendo uno de los principales desafíos. En los últimos años, el enfoque se amplió hacia la educación, la construcción de vínculos saludables y el rol de los hombres en estas discusiones, un aspecto que continúa generando debate.
Al mismo tiempo, organizaciones sociales advierten sobre el debilitamiento de programas estatales destinados a la prevención y asistencia. Si bien el debate sobre la eficacia de estas políticas sigue abierto, el foco vuelve a estar en qué herramientas existen para intervenir antes de que la violencia escale.
A 11 años de aquella primera marcha, Ni Una Menos volverá a las calles con el mismo reclamo que impulsó su nacimiento. Cambiaron los gobiernos, las discusiones y los escenarios, pero hay algo que sigue repitiéndose: los nombres de las víctimas.


