La música argentina se vistió de luto este sábado con la triste noticia del fallecimiento de Daniel Buira, figura central en la génesis de Los Piojos. El baterista murió a los 55 años en la sede de la Escuela de Percusión “La Chilinga”, el espacio que él mismo fundó y dirigía en la localidad de El Palomar. Según los reportes iniciales, el hecho ocurrió alrededor de las 4 de la mañana, cuando Buira se descompensó en el patio del establecimiento mientras se encontraba acompañado por un amigo.
El relato del testigo indica que el músico manifestó dificultades extremas para respirar antes de perder el conocimiento. A pesar del rápido llamado a las unidades de emergencia, el personal del SAME que arribó al lugar solo pudo constatar el deceso. Trascendió que Buira padecía de asma, factor que podría haber incidido en el cuadro clínico. Actualmente, la Fiscalía N° 8 de Morón interviene en el caso bajo la carátula de “averiguación de causales de muerte”, habiéndose ordenado la autopsia correspondiente para dar precisiones sobre el infarto que terminó con su vida.

El motor rítmico de una era
Daniel Buira no fue un integrante más en la historia del rock de los 90; fue el arquitecto del pulso de Los Piojos desde sus cimientos. Su batería marcó el ritmo de los primeros cinco trabajos de estudio que definieron la identidad del grupo: Chac tu Chac, Ay Ay Ay, Tercer Arco, Azul y el disco en vivo Ritual. Canciones que hoy son himnos populares llevan su sello inconfundible, fusionando el rock con cadencias rioplatenses y murgeras.
Aunque se alejó de la formación en 2001, su vínculo con el proyecto se mantuvo latente y se había reactivado con fuerza ante el esperado regreso de la banda en 2024. A lo largo de su carrera, también prestó su talento a otros artistas de renombre como Vicentico, demostrando una versatilidad que lo posicionó como uno de los percusionistas más respetados de la escena.
Su legado: La Chilinga
Más allá de los escenarios masivos, la verdadera pasión de Buira en las últimas décadas fue la docencia y la difusión del ritmo. A través de “La Chilinga”, su escuela de percusión, formó a generaciones de músicos y promovió un espacio de contención social y cultural en el Gran Buenos Aires. Su muerte en la sede de la escuela añade un tinte poético y doloroso a su partida, ocurriendo en el lugar donde volcó todo su conocimiento y amor por el arte.




