El fallo por el crimen de Paulina Lebbos no solo cierra un capítulo judicial. También vuelve a abrir una herida que en Tucumán nunca terminó de cicatrizar. Después de años de investigación, expectativas y promesas, el resultado deja una sensación difícil de disimular. La de una verdad que no llegó y una justicia que vuelve a quedar en deuda.
No se trata de un caso aislado. La provincia arrastra una historia marcada por procesos largos, irregulares y, muchas veces, inconclusos. En ese recorrido, lo que se deteriora no es solo un expediente, sino la credibilidad de todo un sistema que parece no poder -o no querer- dar respuestas en tiempo y forma.
El caso Lebbos tenía otro peso. No solo por la gravedad del hecho, sino por todo lo que generó. Durante años fue un punto de referencia, una causa que interpeló a la política, a la Justicia y a la sociedad. Por eso, el desenlace no puede reducirse a una lectura técnica. Hay algo más profundo que queda expuesto.
Durante la lectura del fallo, el propio tribunal dejó en evidencia una de las fallas centrales. La investigación fue deficiente. Los jueces, con una contundencia poco habitual, señalaron errores, inconsistencias y debilidades que terminaron por desarmar el caso. No se trató de un detalle menor. Fue el corazón del problema.
Cuando una investigación se construye mal, todo lo demás se vuelve endeble. Y en causas de esta magnitud, esa fragilidad no es inocua. Tiene consecuencias concretas. Deja sin respuestas, diluye responsabilidades y abre la puerta a la impunidad.
Porque eso es lo que queda flotando. No solo la ausencia de condenas, sino la sensación de que el sistema falló en lo esencial. Investigar bien, sostener una acusación sólida y llegar a una verdad que resista.
En ese escenario, la figura de Alberto Lebbos adquiere otra dimensión. Durante casi dos décadas sostuvo un reclamo que incomodó, que insistió y que no se diluyó con el paso del tiempo. Su lucha no solo mantuvo viva la causa. También generó algo más difícil de construir. Respeto.
Gran parte de la sociedad acompañó ese recorrido. No solo por el crimen, sino por lo que él representaba. La persistencia frente a un sistema que parecía correr siempre un paso más atrás. La decisión de no resignarse, incluso cuando las señales no eran alentadoras.
Por eso, el impacto del fallo no es solo jurídico. Es también simbólico. Porque lo que se cae no es únicamente una acusación. Es una expectativa construida durante años. Es la idea de que, a pesar de todo, esta vez podía haber una respuesta distinta.
Lo que queda, en cambio, es una sensación más dura. La de una oportunidad perdida. La de un proceso que no estuvo a la altura. Y la de una estructura que, una vez más, deja dudas sobre su capacidad para dar respuestas en casos que exigen precisión, compromiso y transparencia.
En ese vacío, la impunidad deja de ser una palabra abstracta y se vuelve una experiencia concreta. Algo que se percibe, que se acumula y que termina erosionando la confianza colectiva.
Y en el final, cuando ya no quedan argumentos técnicos ni explicaciones jurídicas que alcancen, aparece lo esencial. Lo humano.
En Tucumán volvió a ganar la impunidad.
Perdón, Alberto. Perdón, Paulina.



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