Opinión
¿Tanto costaba ir? La pregunta no es ingenua ni caprichosa. Surge desde el sentido común más básico en medio de una tragedia que dejó a La Madrid bajo el agua y a miles de vecinos tratando de reconstruir, como pueden, su vida cotidiana.
No hacía falta un despliegue extraordinario. La logística era simple: un helicóptero, unos minutos de vuelo, una recorrida breve, una palabra. Nada que alterara de manera significativa la agenda presidencial. Sin embargo, esa visita nunca ocurrió. Y en política, muchas veces, lo que no se hace pesa más que cualquier discurso.
El debate que se abre a partir de esa ausencia es incómodo, pero necesario. Porque rápidamente aparece la grieta como refugio automático: si antes otros no fueron, ¿por qué exigir ahora? Si Cristina Fernández de Kirchner fue cuestionada en su momento, ¿por qué no medir con la misma vara a Javier Milei? La respuesta debería ser obvia, pero en la práctica no lo es: estuvo mal antes y está mal ahora. La coherencia no puede ser selectiva.
La presencia de un dirigente en una zona de desastre no resuelve por sí sola los problemas estructurales. No evita inundaciones ni reconstruye viviendas. Pero tiene un valor que la política parece subestimar cada vez más: el simbólico. Estar implica reconocer al otro, validar su sufrimiento y asumir, aunque sea por un momento, la responsabilidad de acompañar.
En este caso, además, la ausencia se da en un contexto particular. El Gobierno nacional atraviesa tensiones propias, cuestionamientos y un clima político que no le resulta del todo favorable. En ese escenario, una visita a La Madrid no sólo hubiera sido un gesto humanitario, sino también una oportunidad política concreta: mostrarse cercano, empático, presente en el territorio real y no únicamente en el virtual.
Pero no ocurrió. Y no es la primera vez. La decisión —o la falta de ella— parece responder a un estilo de liderazgo que no prioriza ese tipo de gestos. No es un dato menor: la empatía, aunque no reemplaza a la gestión, construye legitimidad. Y cuando falta, se nota.
Mientras tanto, en el territorio, la realidad sigue otro ritmo. Filas para conseguir comida, asistencia que muchas veces depende de la organización privada más que del Estado, incertidumbre sobre el futuro y un cansancio social que empieza a hacerse visible. La emergencia no termina cuando baja el agua; en muchos casos, recién empieza.
El caso de La Madrid también funciona como espejo de algo más profundo: la creciente distancia entre la política y la gente. Una desconexión que no se mide sólo en decisiones o resultados, sino en sensibilidad. Cuando esa conexión se rompe, lo que aparece es desconfianza. Y cuando la desconfianza se instala, todo el sistema empieza a resquebrajarse.
La historia política argentina ofrece ejemplos de todo tipo. Dirigentes más cercanos, otros más distantes, algunos que hicieron de la empatía una herramienta y otros que la despreciaron. Pero hay algo que permanece constante: en momentos de crisis, la sociedad espera ver a sus líderes en el lugar de los hechos.
No para aplaudirlos. No para convertirlos en salvadores. Simplemente para saber que están.
Porque al final, para alguien que perdió todo, la visita de un presidente no cambia el pasado ni resuelve el futuro inmediato. Pero puede ofrecer algo que, en medio del desastre, también es necesario: la sensación de que no está solo.
Y eso, claramente, no costaba nada.




