Tal vez no era lo más apropiado. Pero así fue. El INDEC informó que la pobreza había descendido al 28,2% en el último semestre de 2025 y, apenas un minuto después, el vocero Manuel Adorni lo celebró con una frase tajante: “Es la más baja en 7 años. Fin.”. No hubo matices, ni contexto, ni dudas. Solo una afirmación cerrada. En cuestión de minutos, el Gobierno de Javier Milei avanzó aún más: comparó ese número con el pico de 52,3% y construyó un mensaje político potente. Según esa lógica, la pobreza bajó 25 puntos y se sacó a 15 millones de argentinos de esa condición.

El problema no es que el dato sea positivo. El problema es cómo se construye ese dato y, sobre todo, cómo se lo comunica.
Porque la comparación sobre la que se apoya ese relato tiene un punto débil evidente: el 52,3% no es la herencia recibida, sino el pico alcanzado durante la propia gestión, tras la fuerte devaluación de diciembre de 2023. La pobreza que dejó el gobierno anterior rondaba el 41%. Si se toma ese número como base, la baja real sería de 13 puntos. Sigue siendo una mejora relevante, incluso significativa, pero muy lejos del impacto que se busca instalar. No es un detalle menor: no es lo mismo reducir la pobreza 25 puntos que 13. En términos políticos, la diferencia es enorme.
Pero incluso ese número más moderado empieza a tambalear cuando se lo cruza con otros datos de la economía real. Según el Observatorio de la industria láctea, el consumo de leche fluida cayó un 25% respecto a hace siete años y un 10% en comparación con el inicio de la actual gestión. El dato no es menor: 2026 es el peor año de la última década en ese indicador, con la única excepción de 2024, también bajo el mismo gobierno. Es decir, uno de los consumos más básicos de la población muestra un deterioro sostenido.
A eso se suma que el propio INDEC registra caídas en las ventas de supermercados respecto a noviembre de 2023. Es decir, menos consumo en general. Y cuando se baja al detalle social, el panorama se vuelve aún más complejo. La periodista Rosalía Costantino sintetizó varios indicadores: niveles récord de mora en créditos y préstamos, especialmente en los montos más bajos -lo que muestra que los sectores más vulnerables son los más afectados-; caída del poder adquisitivo del salario durante al menos seis meses consecutivos; pérdida de casi un 10% en la jubilación mínima con bono respecto a noviembre de 2023; y un deterioro claro del poder de compra de la Asignación Universal por Hijo frente a la canasta alimentaria.
Todo eso describe una realidad donde llegar a fin de mes es cada vez más difícil. Y en ese contexto, la idea de una caída tan fuerte de la pobreza genera una contradicción evidente.
Ahí es donde aparece el núcleo del debate: cómo se mide la pobreza. El indicador surge de cruzar ingresos con el valor de una canasta básica. Pero ambas variables están hoy bajo discusión. Por el lado de los precios, la canasta utilizada no refleja plenamente el impacto de los aumentos en tarifas y servicios, uno de los componentes más sensibles del ajuste. Ese desacuerdo derivó en tensiones internas y en la salida de Marco Lavagna del organismo. Distintos especialistas advierten que, con una canasta actualizada, la pobreza sería entre 5 y 6 puntos más alta.
Del lado de los ingresos, las dudas son igual de profundas. El economista Emanuel Alvarez Agis advirtió que los datos oficiales muestran que los ingresos de los trabajadores informales crecieron por encima de la inflación en más de un 100%. Un dato que, en la práctica, no se refleja en el consumo ni en la vida cotidiana. La explicación más aceptada es técnica: la Encuesta Permanente de Hogares ahora capta ingresos que antes no registraba. Es decir, no necesariamente se gana más, sino que se mide mejor. Pero ese cambio impacta directamente en la reducción estadística de la pobreza.
Sobre ese punto también trabajó Martín Rapetti, quien estimó que esta mejora en la medición podría explicar hasta 4 puntos de la caída. Y el CEDLAS fue aún más lejos: en un informe reciente sostuvo que la baja real de la pobreza podría ser de apenas un 2%, es decir, alrededor de un millón de personas menos desde 2023. Entre ese número y los 15 millones que plantea el Gobierno hay una distancia que no puede explicarse solo por diferencias metodológicas.
Incluso tomando escenarios más optimistas, los datos muestran una dinámica más compleja. Según estimaciones basadas en datos oficiales, la cantidad de personas pobres habría pasado de 18 millones al inicio de la gestión a un pico de 25 millones tras la devaluación, luego cayó a 13 millones en su mejor momento y volvió a subir a alrededor de 15,5 millones hacia fines de 2025. Es decir, hubo una mejora inicial impulsada por la baja de la inflación, pero esa mejora no se sostuvo en el tiempo.
Los especialistas coinciden en que desde octubre del año pasado, con el aumento de la inflación, la pobreza volvió a crecer. Eso se puede ver en los informes mensuales de Gonzalez Rosada, por ejemplo, donde la curva descendente pega la vuelta. Curiosamente, desde que se produjo ese cambio, Milei ya no se refiere a los números de este investigador, y el Ministerio de Capital Humano dejó de publicarlos.
El cambio de tendencia se refleja en muchos otros informes. La consultora ex Quanty, integrada por técnicos del Indec que trabajan para la Universidad de Buenos Aires, cuantificó la cantidad de pobres en los últimos años. Sus registros muestran que Milei recibió 18 millones de pobres; seis meses después la cifra había trepado a 25 millones. La caída de la inflación produjo un descenso vertical de ese número, que tocó un piso de 13 millones en el tercer trimestre del año pasado, para luego subir nuevamente a 15,5 millones hacia fines de 2025. Según estos cálculos, en el mejor momento, Milei y Caputo habían logrado que los 18 millones de pobres heredados disminuyeran a 13. No habían disminuido en 15 millones pero sí en 5: un logro relevante. Pero en el último trimestre del año, el número aumentó en 2,7 millones. La diferencia entre diciembre de 2023 y diciembre de 2025 sería de 2,5 millones, alrededor de un 5% de la población. Faltan contabilizar los dos primeros meses de 2026, donde la inflación siguió alta.
Este debate pone la lupa sobre los números que difunde el Indec y, especialmente, en los que surgen de la Encuesta Permanente de Hogares, que como su nombre indica, es una encuesta. Al cierre de esta nota, el Centro de Estudios Económicos del Banco Provincia de Buenos Aires señalaba que existen diferencias muy grandes entre los salarios formales registrados en el Índice de Salarios del Indec y los que refleja la Encuesta Permanente de Hogares del mismo organismo. Los primeros son mucho más bajos que los segundos, pero son los segundos los que se usan para calcular quién es pobre y quién no. ¿Es un problema técnico? ¿Es un problema de otra índole? En todo caso, sería mejor explicarlo.
La propaganda y las exageraciones alrededor de la caída del número de pobreza han sido un punto central de la estrategia discursiva oficial. Depende del día o del funcionario, el Gobierno rescató a 8, 9, 10, 11, 12, 13, 14 o 15 millones de argentinos de la pobreza. Pero el mecanismo se extiende a casi todos los sectores de la economía. Hace dos semanas, por ejemplo, Milei se apoyaba en el número mayorista para sostener que la inflación empezaba con 0. En diez días se vería que seguramente empezaba con 3 y que la mayorista no debía ser tomada como número de referencia. La semana pasada Caputo se burlaba de los periodistas que reflejaban los problemas de actividad y consumo de la economía. El miércoles reconoció que el periodismo tenía razón: “Puede ser que la producción haya caído en febrero y que la inflación haya crecido en marzo”. Hace dos semanas Federico Sturzenegger sostenía que el Gobierno había creado 400 mil empleos. El Indec lo desmintió: el desempleo creció de 5,7 a 7,5 desde la asunción de Milei. Y así hasta el infinito.

Todo esto no significa que no haya habido mejoras. La desaceleración de la inflación y el sostenimiento -e incluso refuerzo- de algunas políticas sociales generaron cierto alivio. Pero ese alivio está lejos de justificar el relato de una caída histórica y definitiva de la pobreza.
El problema de fondo no es el dato. Es la construcción política del dato.
En un país con antecedentes de manipulación estadística, la credibilidad del sistema de medición es un activo fundamental. Y esa credibilidad no se construye con comparaciones convenientes ni con números llevados al extremo. Se construye con transparencia, consistencia y prudencia.
Porque la pobreza no es un porcentaje en una placa ni un número en un discurso.
Es una realidad que se ve en el consumo, en los ingresos, en el endeudamiento, en el acceso a alimentos básicos. Y cuando los datos empiezan a alejarse de esa realidad, lo que se pone en juego no es solo una cifra, sino la confianza en todo el sistema.
Los datos, siempre, son los datos.
Pero en la Argentina, más que nunca, hay que saber cómo se cuentan.




