Nacer y vivir en democracia: una deuda que no se agota en el recuerdo

Cada 24 de marzo, la memoria recuerda la dictadura y desafía a cuidar la democracia todos los días.


Cada 24 de marzo, la Argentina vuelve a mirarse en uno de los momentos más oscuros de su historia: el Golpe de Estado de 1976. No es una fecha más. Es una herida abierta que atraviesa generaciones y que obliga, año tras año, a reflexionar sobre el valor de vivir en democracia.

Para muchos argentinos, especialmente los más jóvenes, la democracia no es una conquista sino un punto de partida. Nacieron en libertad, crecieron con derechos, se formaron en un sistema donde votar, opinar y expresarse es parte de lo cotidiano. Pero esa naturalidad, que es un logro en sí mismo, también puede volverse un riesgo: el de olvidar lo que costó llegar hasta acá.

Porque la democracia argentina no es perfecta. Tiene deudas, falencias y tensiones permanentes. Convive con crisis económicas, desigualdades profundas y una creciente desconfianza hacia la dirigencia política. Sin embargo, sigue siendo el único sistema capaz de canalizar conflictos sin violencia, de garantizar derechos y de ofrecer, al menos en teoría, la posibilidad de cambiar el rumbo a través del voto.


El desafío, entonces, no es solo recordar el pasado, sino entender qué significa hoy “vivir en democracia”. No alcanza con conmemorar. No alcanza con repetir consignas. La democracia se sostiene —o se debilita— en la práctica diaria: en la calidad de las instituciones, en el respeto por las reglas, en la tolerancia frente al que piensa distinto.

En ese sentido, el 24 de marzo no debería ser una fecha para dividir, sino para reflexionar colectivamente. La memoria no puede quedar atrapada en la grieta ni utilizada como herramienta de conveniencia política. Porque cuando eso ocurre, pierde fuerza y se aleja de su verdadero sentido: evitar que la historia se repita.

También es necesario ampliar la mirada. La democracia no se agota en lo electoral ni en lo institucional. Se expresa —o se pone en duda— en la vida cotidiana: en el acceso a oportunidades, en la igualdad ante la ley, en la posibilidad real de proyectar un futuro. Una democracia donde amplios sectores viven en la incertidumbre permanente es una democracia incompleta.

Por eso, el compromiso con la democracia no es solo del Estado o de la dirigencia. Es de toda la sociedad. Implica exigir, participar, involucrarse, pero también defender los valores básicos que la sostienen: la libertad, el respeto, el diálogo.

A casi cinco décadas de aquel quiebre institucional, la Argentina sigue construyendo su camino democrático. Con avances y retrocesos, con aciertos y errores, pero sin perder de vista lo esencial: que no hay atajos ni alternativas válidas fuera de la democracia.

Porque nacer en democracia es un privilegio. Pero sostenerla, mejorarla y proyectarla hacia el futuro es una responsabilidad colectiva que no admite indiferencia.

Y en esa tarea, la memoria no es pasado: es una herramienta imprescindible para no repetir los errores que alguna vez nos llevaron al abismo.