Bicicletas apoyadas, motos en fila, camisetas de fútbol y chicos abrazados. La imagen se repitió durante toda la jornada en la escuelita Crucero Belgrano, en Villa Angelina, donde familiares, amigos y vecinos despidieron a Lisandro, el nene de 12 años que murió electrocutado en medio del temporal que golpeó a Tucumán.
No hizo falta convocatoria. Desde temprano comenzaron a llegar chicos de distintas escuelitas, compañeros de equipo, familias enteras. “Había chicos de todos lados. Muy querido, muy amigero”, resumió su profesor, Alberto Gaspar. La escena fue tan espontánea como contundente: el barrio entero reunido en la cancha que él sentía como propia.
Lisandro jugaba de delantero, era el “9” del equipo y en el club lo conocían como “Loco”, por su forma de ir siempre para adelante, de correr cada pelota. Pero también se destacaba afuera: si tenía botines nuevos, regalaba los anteriores; si un compañero necesitaba algo, él estaba.
Su rutina era simple y constante. Tres veces por semana caminaba cuatro cuadras para entrenar: iba con su mamá y volvía con su papá. Ese recorrido marcaba su día, su espacio, su felicidad. En el club, como en tantos otros, el fútbol se sostiene a pulmón, con esfuerzo de las familias, pero también con algo más profundo: un lugar donde los chicos encuentran lo suyo.
El año pasado había sido goleador y campeón con su categoría. Este año estaba más enfocado, preparándose para una prueba que iba a realizarse en los próximos días. El plan era avisarle el domingo. No llegaron.
En su despedida, la cancha volvió a ser el centro. Entre el dolor, quedó también lo que fue en vida: un chico querido, de barrio, que encontraba en una pelota su lugar en el mundo.




