En política, los tiempos no son casuales. Y en el peronismo, mucho menos. Los fantasmas aparecen cuando tienen que aparecer: ni antes ni después. Se activan cuando el poder entra en una zona incómoda, cuando las certezas empiezan a resquebrajarse y cuando el calendario electoral deja de ser una referencia lejana para convertirse en una amenaza concreta. En Tucumán, ese momento llegó.
El principal protagonista de esta escena es Osvaldo Jaldo. No porque esté débil —al contrario, conserva centralidad política y control de la gestión— sino porque atraviesa esa etapa inevitable de todo gobierno: la segunda mitad del mandato. Es ahí donde las tensiones crecen, las lealtades se ponen a prueba y los nombres empiezan a girar con mayor intensidad.
El primer desafío del gobernador es administrar esos fantasmas. No eliminarlos -porque en política eso es imposible- sino ordenarlos. Jaldo ha demostrado habilidad para moverse en escenarios complejos, incluso alimentando o desactivando internas según la conveniencia del momento. Pero esta etapa exige algo más: no alcanza con sostener equilibrios, ahora debe construir proyección.
El contexto tampoco ayuda. La gestión convive con restricciones económicas que no son exclusivas de Tucumán, pero que impactan de lleno en la capacidad de respuesta del Estado. Gobernar con recursos limitados implica, además, administrar expectativas. Y eso, en un año preelectoral de hecho, se vuelve aún más delicado.
Uno de los fantasmas más visibles es el avance de La Libertad Avanza. El crecimiento del espacio que lidera Javier Milei introduce una variable nueva en un sistema político provincial acostumbrado a otras lógicas. El peronismo tucumano, históricamente dominante, empieza a mirar un escenario más competitivo, menos previsible y con reglas que podrían cambiar.
La posibilidad de perder volumen legislativo o territorial ya no suena descabellada dentro del propio oficialismo. Y eso altera toda la ingeniería política. Más aún si se tiene en cuenta la eventual estrategia libertaria de prescindir de los acoples, un sistema que fue clave en la construcción de poder del PJ local.
Pero no todos los fantasmas vienen de afuera. Tal vez los más incómodos son los internos. La unidad del peronismo, tantas veces invocada, vuelve a estar en discusión. Nombres como Juan Manzur, Rossana Chahla o Miguel Acevedo aparecen en el radar de un oficialismo que sabe que no puede darse el lujo de fragmentarse.
La historia reciente lo demuestra: cuando el peronismo se divide, se debilita. Y cuando se debilita, pierde. Por eso, más allá de las diferencias, la necesidad de articulación se vuelve estratégica.
A esto se suma otra incógnita que sobrevuela todos los espacios: la fórmula. Aunque públicamente se diga que “no es momento”, en privado es el tema que más circula. Jaldo, con experiencia en este tipo de escenarios, dosifica los tiempos. Sabe que anticiparse puede ser tan riesgoso como llegar tarde.
En paralelo, el panorama nacional tampoco ofrece certezas. La falta de una conducción clara dentro del peronismo a nivel país repercute en las provincias, que quedan libradas a sus propias dinámicas. Esa ausencia de referencia ordenadora amplifica las tensiones locales.
Así, Tucumán se convierte en un tablero donde conviven múltiples variables: gestión con recursos acotados, oposición en crecimiento, internas latentes y un calendario que, aunque aún no lo diga oficialmente, ya empezó a correr.
Pero también hay otro dato que no puede ignorarse. En la Argentina, la política es dinámica y cambiante. Como ocurre con el propio gobierno de Javier Milei, los escenarios pueden modificarse en cuestión de meses. Hay ciclos de desgaste, de recuperación, de aciertos y errores. Y, en definitiva, todo termina definiéndose en las urnas.
En ese sentido, Jaldo todavía tiene margen. No sólo por el tiempo que resta hasta la próxima elección, sino también porque, según distintas mediciones, se mantiene entre los gobernadores con mejor imagen del país. Ese capital político no es menor: le da aire, pero también le exige sostener resultados y conducción.
Los fantasmas del peronismo no son nuevos. Pero sí lo es el contexto en el que aparecen. Y ahí radica el verdadero desafío.
Porque los fantasmas no ganan elecciones, pero pueden condicionarlas.
Y en un escenario donde el poder ya no es indiscutido, el verdadero riesgo para el peronismo no es que aparezcan, sino no saber qué hacer con ellos.





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